Un juego

El primer libro que leí fue “Momo” de Michel Ende, con seis años. Y si me gustan los libros, más las bibliotecas: el olor a madera, el orden, el silencio… 
Siempre que podía iba a la de mi colegio. Me dejaban reponer los libros, forrarlos y, con el tiempo, me enseñaron a etiquetar para poder ordenar los libros en las estanterías. Me gustaba leer de todo, cotillear los libros nuevos, su olor, aprender palabras extrañas y curiosidades…. 

Una mañana que llovía, pedí permiso para ir a forrar libros a la biblioteca a la hora del patio. En la entrada había un cartel gigante en el que anunciaban un concurso que se iba a celebrar a finales de esa semana. Me pareció muy interesante así que quise inscribirme. Las personas que había en ese momento en la biblioteca, monitores de refuerzo, me dijeron que no, que no podía participar porque era muy pequeña. Eso yo no lo entendía. “¿Cómo que no puedo? No soy tan pequeña”, pensaba. Volví a clase y se lo expliquéa mi profesora, que me contó que el concurso era para los alumnos/as de séptimo y octavo y que estaría en desventaja, porque ellos/as tenían entre doce y catorce años. Le dije que a mí me daba igual, que yo lo que quería era participar. 

En su mirada había un brillo muy particular. Me dijo que si tan convencida estaba, iba a tener que aprender a luchar por lo que es justo y que solo había una posibilidad: preguntarle directamenteal director. Eso me resultó tan abrumador que me puse a llorar. 

El director era alto y fuerte, me impresionaba, tenía nueve años, era flaca y medía un metro cuarenta. Tenía miedo pero me decidí a ir a hablar con él, el deseo de participar me podía. Iba llorando de camino a su despacho. Cuando llamé a su puerta, la secretaria me invitó a entrar y me hizo esperar en la sala contigua. Nunca antes había reparado en que era un lugar precioso con las paredes llenas de dibujos de alumnos. Incluso había un dibujo mío. 

Al cabo de un rato, el director abrió la puerta de su despacho y me invitó a pasar y a sentarme.Pero la silla era muy alta y, entre llantos, le dije que prefería quedarme de pie, mientras me limpiaba los mocos de la nariz.

La mesa me llegaba más o menos a media altura del pecho. Nos miramos fijamente, un buen rato, me sonrió y me dijo: 
-Vaya señora Verónica, ¿qué le trae por aquí otra vez? ¡Encima por su propia voluntad!-
Yo intentaba responderle, pero estaba llorandotanto que la voz me salía entrecortada y no se me entendía nada. 
Entonces me dijo: 
-Mira, yo estoy aquí porque me encanta trabajar en este colegio, lo que representa que los niños y las niñas aprendan, porque sois el futuro, que es hacia donde se dirige la vida. Cuando te calmes estaré encantado de escucharte, no solo estoy aquí para castigar cuando alguien se portan mal como tú a veces. No tengo prisa, acabo de trabajar a las cinco, puedes estar aquí todo el tiempo que necesites. 
Escucharlo hablar así me calmó y, cuando se lo pude explicar todo, me dejó participar porque le parecía muy valiente de mi parte que defiendiera mis ideales y que, además, le encantaba que me gustase tanto estar en la biblioteca y cuidar los libros, que los libros eran muy valiosos.

Llegó el día del concurso. Yo estaba muy emocionada porque, además de que me parecíasúper divertido jugar en la biblioteca, habíalogrado que mi entusiasmo por lograr participar contagiase a mis compañeros, así que la clase entera me acompañaba.

El concurso consistía en encontrar palabras que se escondían en algunos libros, mediante pistas que se conectaban entre ellas. Con cada nueva palabra, se descubría una pista. Estas conducían a la gran pregunta final. Éramos 13 participantes: tres parejas de séptimo, tres de octavo y yo. 

Durante todo el concurso mi clase me animaba, dando palmas y gritando mi nombre. Ese apoyo me dió mucha fuerza y me inspiró. Llegué a la pregunta final dos pistas por delante de los otros grupos. Se hizo un silencio. La pregunta era: “¿Cómo se llama el movimiento continuo que se realiza con animales para que estos pastoreen en las diferentes estaciones del año?”. Yo sabía la respuesta, así que, ante la mirada incrédula de participantes y profesores, contesté muy contenta. 

Cuando dijeron que era correcta, levanté los brazos y, llorando de alegría, grité “¡hemos ganado!” y toda mi clase se unió a mí para celebrarlo cantando y gritando abrazados. 

Fue una de las experiencias más bonitas de mi vida. Todavía me emociono al recordarla y la guardo en mi memoria como una joya, no solo por haber ganado, sino por lo que significó para mí como niña entender que cuando se lucha, se consiguen cosas.